—Yo, sí; pero cuando Dios lo ordene...

—Pues no nos da pruebas de querer que vivamos. Hija de mi alma, ¿has visto conflicto semejante? ¿Crees en la posibilidad de que salgamos bien de esta agonía?

—Sí lo creo.

—¿Cómo?

—Pidiendo protección.

—¿A quién, loca, a quién? Sabes que dentro de algunas horas vendrán los patriotas, y nos prenderán.

—Quizás no, porque no hemos hecho nada.

—Sí, ve a convencer a esa canalla... Nos arrastrarán a una mazmorra; seremos ultrajados por la plebe soez... No quiero pensarlo. Antes mil veces la muerte para los dos, para ti y para mí.

—¡No, no, no! —dijo Soledad con ardor—. Buscaremos quien nos proteja.

—¡Ay! ¡Protección al desvalido, al triste, al abandonado!... No puede ser.