—¿Por qué no?
—¡Pero quién! Revuelve toda la creación, y dirás como yo: «muerte, nada más que muerte.»
—Yo digo que nos salvará algún amigo.
—Y yo digo: «descanso, descanso.» ¡Oh, qué dulce palabra!
Cerraba los ojos para contemplar dentro de sí mismo un remedo de la paz de los sepulcros.
—¡No, no, no! —repitió Soledad levantándose con resolución—. Yo saldré, yo buscaré quien nos ampare.
—Dime antes su nombre —murmuró Urbano abriendo los ojos con desvarío.
Solita sintió el violento sacudir de la voluntad, que vibra su rayo omnipotente en nuestro espíritu en momentos de peligro, y cerrando los ojos, olvidando toda consideración, pronunció un nombre.
El semblante de Gil de la Cuadra se contrajo, y sus labios articularon lastimero quejido.
—Me has traspasado el corazón —dijo después de una pausa, con voz muy queda y dolorida.