Solita callaba sin atreverse a añadir una sílaba más.
—Quizás pudiera hacer algo por nosotros..., de seguro podría... —añadió el viejo, rechazando con la derecha mano una figura imaginaria— ¡Pero no; atrás!... ¡Nunca! Hija mía, toma un cuchillo, atraviésame de una vez el corazón; mátame; pero no pronuncies ese nombre, no me mates así..., que esa muerte es demasiado terrible.
La infeliz muchacha apenas tenía ya alma para resistir tanto dolor.
—¡Todavía; pero todavía!... —exclamó oprimiendo su cabeza con ambas manos—. Cuando todo nos falta; cuando no hay calamidad que Dios no nos haya enviado; cuando nombramos a la muerte como única esperanza, nuestra... ¡todavía, señor, ese aborrecimiento, que es como el de los demonios!
—Todavía —murmuró la voz de Gil, profunda, hondísima, lejana, cual si sonara en lo más recóndito de su cuerpo—. Todavía y siempre.
Oyéronse golpecitos a la puerta y una vocecilla cascada que decía:
—¿Se ofrece algo?
Era la pobre anciana que cuidaba de Naranjo, mujer piadosa, sencilla y caritativa, aunque curiosa.
—¿Conque parece que nos quedamos solos? —dijo al entrar—. ¿Y qué tal va el señor Gil?
Como nadie le contestase, dirigiose a Sola y le manifestó su alto criterio terapéutico en estos términos: