—Al señor le convendría tomar una tacita de tila. Voy a hacérsela. ¿Hay lumbre en esta cocina?
—Hija mía, Soledad, Soledad —gritó bruscamente don Urbano, como el que despierta de un sueño—. ¿Dónde estás?
—Aquí... No me separo un instante.
—¿Sabes que no te veo?... —añadió el enfermo con mucha agitación—. ¿Pero hay luz en el cuarto?
—Luz hay.
—¡Ah!, sí... Ya distingo, ya veo algo... Pero nada más que sombras. ¿Estás aquí?... ¡Qué espanto! Me quedo ciego... Yo no te veo bien... ¿Hay alguien más en el cuarto?
—Nadie más. Doña Rosa ha pasado a la cocina.
—Dime: ¿has echado algo en mis ojos?... Yo no te veo bien... Me quedo ciego. ¿Has echado algo en mis ojos?
—¿Yo?
—Podía ser. Te empeñas en matarme. Como pronunciaste aquel nombre que era un puñal... ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué oscuridad es esta que me rodea? Soledad, mis ojos se nublan. Dime: ¿esto es morir? ¿Se muere así?