—Eso no es nada. Una irritación del cerebro. Procure usted dormir.

El anciano descansó su cabeza en la almohada, y parecía caer en profundo sueño.

—Si viniese Anatolio... —murmuró—, despiértame al instante. Quiero verle.

Un momento después dormía con letargo intranquilo. Se agitaba en el lecho, pronunciaba palabras, se oprimía con la mano el corazón, lanzando lastimeros quejidos. Soledad le contemplaba en silencio, sin pestañear, casi sin respirar, atenta a las vibraciones dolorosas de aquella triste vida que se extinguía por grados. Decir lo que pensó en aquellos breves instantes, cuántas ideas cruzaron por su inflamado cerebro como relámpagos tempestuosos; decir qué sentimientos le agitaron y qué palabras salían de su pecho y expiraban en sus labios sin modularse, fuera imposible.

La solícita doña Rosa la sacó de aquel estado.

—Es preciso tomar una determinación, niñita mía —le dijo—. Yo he visto muchos enfermos. ¿Qué le pasa a usted que parece de mármol? Muévase, determine algo. Conviene traer algunas medicinas. Mire usted, yo llamaría a un médico.

Soledad vio en toda su gravedad lo real de aquella situación. Dio algunos pasos de la sala a la cocina y de la cocina a la alcoba. Registró todo, y no encontró un solo ochavo. Después se detuvo de nuevo, sumergiendo su espíritu en honda meditación.

—Yo voy a salir —dijo de súbito a la anciana.

—Gracias a Dios que toma usted una determinación. Yo cuidaré al señor mientras usted vuelve.

—Voy a salir —repitió la joven con aplomo.