Púsose el manto y se acercó al enfermo contemplándole con atención profunda. Gil se movía con inquietud, se quejaba, pronunciaba como antes palabras confusas. Al ver la religiosa y profunda atención con que Soledad le miraba, creeríase que el espíritu del padre y el de la hija se comunicaban en regiones lejanas, desconocidas, allá donde las almas amigas se abrazan, rotos o aflojados los lazos de la vida.

Don Urbano, en su delirio, pronunció tres clarísimas palabras en tono de contestación. Al oírlas, Soledad se estremeció toda, y en el fondo de su alma resonaron con eco terrible las tres palabras.

Gil de la Cuadra había dicho:

—Sedujo a mi esposa.

Soledad, pasándose la mano por la frente, dio algunos pasos. Detúvose, clavando la vista en el suelo. Luchaba interiormente; pero al fin ganó la batalla, y dijo con resolución:

—No importa... Voy.

XVIII

Eran las dos. La noche era serena y tibia, y en el cielo oscuro comenzaban a palidecer, temblando, las estrellas. Solita envolviose bien en su pañuelo, y sin asomos de miedo, porque la apurada situación suya no lo permitía, bajó hacia la plazuela de Navalón. Poco tiempo empleó en llegar a una calle cercana, donde los informes que recibiera del sereno la obligaron a retroceder.

«¡Dios mío —decía para sí— haz que encuentre pronto ese batallón Sagrado!»

Por el Postigo de San Martín subió en busca de las calles de Tudescos y la Luna, andando a prisa, sin reparar en los pocos transeúntes que a tal hora hallaba en su camino, hasta que oyó un rumor lejano, murmullo de gente y pasos, que en el silencio de la noche resonaban de un modo singular en las angostas calles. Entonces sintió miedo y se detuvo a escuchar. Por la calle de la Luna pasaba una cosa que no podían precisar bien los agitados sentidos de Sola: un animal muy grande, con muchas patas, pero sin voz, porque no se oía más que la trepidación del suelo. Acercose más, y vio pasar de largo por la bocacalle multitud de figuras negras; sobre aquella oscura masa brillaban agudas puntas en cantidad enorme.