«¡Ah! —dijo Sola para sí, reconociendo lo injustificado de su miedo—. Es un ejército... ¿Si será el batallón Sagrado?»
Apresuró el paso; pero no había dado seis, cuando se oyó un tiro, después dos, tres... Solita se quedó fría, yerta, sin movimiento. Aumentado el estrépito por su imaginación, parecíale que Madrid había volado.
—¡Tiros!... ¡Una batalla!
Varios individuos corrieron a su lado por la calle de Tudescos abajo, gritando:
—¡Los guardias, los guardias!... ¡Que degüellan!
Soledad corrió también, por instinto. Los tiros se repitieron, y sobre el tumulto descollaban tremendas voces que decían:
—¡Viva el rey absoluto!
Y allá, más lejos, otras que no se entendían bien. Por callejones que no conocía, siguiendo a las personas del vecindario, que alarmadas salían de las casas, Soledad llegó a una calle, que reconoció por la de San Bernardo.
«¡Ah! —murmuró—. Aquí me han dicho que está el batallón Sagrado, hacia la Cuesta de Santo Domingo. Vamos allá.»
Para concluir pronto, acortando en lo posible las angustias de tal expedición, corrió en el rumbo indicado; pero al fin la mucha gente que se agolpaba en aquel sitio obligola a detenerse. La muchedumbre retrocedió de repente, y viéronse varios soldados de a caballo, que sable en mano gritaban: