—¡Atrás, a despejar!
Para no ser arrollada, Solita huyó entre multitud de personas que se atropellaban, gritando:
—¡Jarana! ¡Que vienen los guardias!... ¡Que van a disparar el cañón!
—Dígame usted, buen amigo —preguntó la joven a un hombre que a su lado iba—: ¿dónde está el batallón Sagrado?
—¿El batallón Sagrado? Pues cuenta que está en la Plaza Mayor.
—Me habían dicho que en la Cuesta de Santo Domingo.
—¡Quia! No, señora. ¿Qué entiende usted de eso?
—Tiene usted razón, buen amigo: yo no entiendo nada. ¿Conque dice usted que en la Plaza Mayor?
—Mismamente... ¡Los guardias vienen!
—¿Por dónde cree usted que debo ir? —preguntó Sola, advirtiendo que la gente corría en todas direcciones y que se oían los tiros más cerca.