—Por ninguna... —repuso el hombre metiéndose en su casa y cerrando sin dilación.

Soledad no se desanimó, y por la calle de la Justa trató de emprender su camino; pero al poco tiempo vio que la de Tudescos estaba intransitable. Pasaban por ella varias columnas de guardias, que al verse sorprendidos en la calle de la Luna, buscaban la de Jacometrezo y Postigo de San Martín para dirigirse al centro de la villa.

Aguardó a que pasaran, y luego, prefiriendo dar un rodeo a perder tiempo esperando, marchó a tomar la calle de la Montera por la del Desengaño.

«Por allí no habrá nadie —pensó—. Bajaré a la Puerta del Sol, y en un periquete estaré en la Plaza Mayor... Virgen de los Remedios, favoréceme.»

En efecto: la infeliz muchacha llegó por fin a la Puerta del Sol, donde había empezado a reunirse bastante gente. Tropa y milicianos formaban delante de la casa de Correos; pasado un instante, la tropa entraba en aquel edificio y los milicianos subían por la calle de Carretas.

—¿Es cierto que el batallón Sagrado está en la Plaza Mayor? —preguntó Solita a un miliciano que marchaba a toda prisa con el fusil al hombro.

Como no recibiera contestación, hizo la misma pregunta a dos paisanos, que también armados de fusil, marchaban hacia la calle Mayor.

—Venga usted, prenda, y lo veremos.

Siguióles a cierta distancia, andando tan a prisa como ellos. Vio que, satisfecho el primer impulso de curiosidad de los vecinos, se cerraban todas las puertas, y que apenas había mujeres en la calle. El estado de su afligido espíritu no le permitió observar que poco a poco se iba introduciendo en una atmósfera de peligro. La infeliz comprendió, sí, que iba a ocurrir algo grave; pero pensaba llegar antes que sonase la hora del conflicto, desempeñar su misión y volverse a su casa.

«Todavía es de noche —decía—. Hasta que no amanezca no habrá batallas.»