En las inmediaciones de la Plaza Mayor, los milicianos ocupaban toda la calle. Había cierto desorden en sus filas, los jefes corrían de un lado para otro, y resonaban aquí y allá las palabras de tal cual arenga, pronunciada desde lo alto de un caballo. Murmullo atronador ensordecía la calle: todos hablaban a la vez, amenazaban, discutían, proponían; oíanse trastrocadas y revueltas las palabras libres y esclavos, leales y pérfidos, Constitución y rey neto, libertad y despotismo. Todo se oía, menos lo que Solita quería oír.

—¿El batallón Sagrado? —preguntó tímidamente al primer miliciano que tuvo a mano.

—El batallón Sagrado... ¡Ah!... Vaya usted a saber, niña —le contestaron.

—Allí está mi primo —dijo otro.

—Lo manda San Miguel.

—Entonces debe de andar por el cielo —añadió un chusco—, pues si es sagrado y lo manda un arcángel...

Soledad se dirigió a otro grupo; pero no había abierto la boca, cuando oyó gritar:

—¡Paso, paso!

Y estuvo a punto de quedarse sorda, por el estrépito de los cañones, que arrastrados a escape por poderosas mulas, venían calle adelante, rechinando, saltando, rebotando sobre cada piedra. Soledad empezó a comprender que Dios la abandonaba en aquel trance, que la ocasión y el lugar no eran a propósito para buscar a un hombre perdido en la inmensidad del batallón Sagrado, y en la hora crítica de la revolución. Esta idea la afligió tanto, que quiso hacer un esfuerzo, sobreponerse con animoso espíritu a las circunstancias, y seguir hasta donde pudiera, con desprecio de la vida. Érale indispensable buscar y encontrar, en aquella misma mañana, a la única persona de quien podía esperar auxilio de todas clases en su desesperada situación. Recordó a su padre moribundo, sin recursos, la pobre casa desamparada, que muy pronto sería invadida por feroces polizontes; y cerrando los ojos a todos los peligros, al formidable aparato de tropas; desoyendo el rugir de la Milicia, el estruendo de las preparadas armas, dio algunos pasos hacia el arco de Boteros.

«Entraré —pensó—, y yo misma veré si está o no ese batallón Sagrado.»