—¿Qué comedia?
—Yo le hago creer a mi padre que estamos cobrando todavía la pensioncilla de que antes vivíamos. No se le puede decir que pido limosna, y menos que tú me la das. Si llegara a comprender estos manejos, el pobre se moriría de pesadumbre.
—Engañas a tu padre. Esto es lícito alguna vez.
—Pues bien, caballero —añadió Sola con expresión de triunfo—. La pensión apenas daría para comer. Si mi padre me ve comprar vestidos y ponerme majezas, quizás pensaría algo malo de mí.
Salvador meditó un rato.
—En efecto —dijo al fin—. No había caído en eso.
—Ahí tienes el dinero.
—No: le dices a tu padre que has economizado; le dices lo que quieras, ¿sabes? —objetó Monsalud con impaciencia—, pero quiero verte mejor vestida. No debes atender demasiado a lo que piense tu padre, querida, porque el pobre viejo es demasiado terco. Ya ves cómo me trata. Es mucha saña la suya. Pero ya le amansaremos. ¿Sabes que el mejor día me presento en tu casa, le estrecho la mano y le propongo una reconciliación?
—¡Ah! —exclamó Soledad con tristeza—. No sabes bien cuánto te aborrece. Yo le he preguntado mil veces la causa, y nunca ha querido decírmela. Ello será alguna cosa muy rara, alguna equivocación, quizás una tontería, porque creer yo que tú eres malo, no, eso no lo creeré jamás.
—Según lo que se entienda por maldad. Pero dime, ¿el señor Gil me nombra con frecuencia?