—¡Quia! Lo menos posible, aunque bien se le conoce que te tiene en el pensamiento. Yo lo comprendo así, porque me he acostumbrado a leer en su pensamiento, y para obligarle a que me revele la causa de su odio, te nombro.

—¿Le recuerdas cuando éramos vecinos?...

—Y cuando iba yo a charlar con tu mamá.

—¿Y cuando le saqué de la cárcel de Corona?

—Y todos los beneficios que nos has hecho y tu buen comportamiento y generosidad —dijo Solita, exagerando con la voz y el gesto lo que expresaban las palabras—. Pero, hijo, el recuerdo de tus bondades le ensoberbece más... ¡Si vieras cómo se pone!... La única vez que me ha dicho términos malsonantes, amenazando pegarme, fue por ciertos elogios que hice de ti. Díjome que eras un malvado, un perverso, un... ¡no puedo repetir aquellas palabrotas! Mi padre se equivoca; ¿no crees tú que se equivoca?

—Quizás no —repuso sombríamente Monsalud.

—¡Vaya, que tienes tú también unas rarezas...! ¿Conque dices que no se equivoca en lo que piensa de ti?

—Digo que no lo sé.

—Si le oyeras repetir: «Ese hombre es un monstruo, hija mía; no te manches la boca nombrándole»; si le oyeras esto, dirías que ha perdido el juicio. ¡Desgraciado padre mío! Ayer mismo me dijo: «Si ves a ese hombre en la calle, huye, corre, no le mires, evita su presencia y su contacto como el de un reptil venenoso...» ¡Reptil venenoso nada menos, caballerito!... Y has de saber que tú manchas cuanto tocas. Todas esas gracias tienes. Oyendo a mi padre tales locuras, ayer, ayer mismo, el corazón se me oprimía, las lágrimas se me saltaban, y estuve tentada de contestarle: «pues el reptil venenoso nos está dando de comer», pero no me atreví... Mejor fue callar, ¿no es verdad?

—Callar, callar siempre. No le contraríes jamás en este tema. Apóyale más bien, La verdad es que no soy un modelo.