—Esta madrugada, en un momento que tuve libre, la saqué de allí, llevándola a la casa que el duque del Parque tiene en el Prado Viejo.

—Yo había perdido la esperanza de encontrarte, de verte más —dijo Soledad asiendo más fuertemente el brazo de su hermano, como si temiera que se le escapara después de tantas fatigas por hallarle—. ¡Qué momentos he pasado!... Mi padre moribundo..., temiendo a cada instante que le vayan a prender...

—¡A prenderle otra vez!

—Sí, el señor Naranjo ha huido. ¡Qué desastres! Uno tras otro... Ya te contaré con más calma.

—No temas nada, pobrecilla. No le prenderán; te respondo de ello.

—Tus palabras me consuelan. Parece que todo ha cambiado desde que te he visto —dijo Soledad con emoción más viva—; parece que ya no son tan grandes las calamidades de mi casa, y menos difícil encontrar un remedio a todo, hasta a la enfermedad de mi padre.

—Para todo lo habrá —afirmó Monsalud con impaciencia—. Ahora falta que esto se acabe pronto.

—¡Oh!, y si no se acaba, ¿no podrás dejar el fusil a un compañero, diciéndole que vuelves pronto?

Salvador se echó a reír.

—No te impacientes. Está ya convenido que los guardias rindan las armas, y de un momento a otro las han de entregar ahí junto, en la plaza de la Armería. ¿Ves cómo se mueve la Milicia que está hacia el arco? Pues es que va a presenciar el acto de la rendición.