No había concluido de decirlo, cuando se oyó el estruendo de una descarga. ¡Extraordinaria alarma en el pueblo que llenaba la plaza! El batallón Sagrado se estremeció todo de un punto a otro. Disponíanse las fuerzas a un nuevo combate, cuando corrió esta voz:
—Los guardias han hecho una descarga a la Milicia que iba a presenciar la rendición.
Y después esta otra:
—Se escapan por la escalera de piedra que baja al Campo del Moro.
Y luego no se oyó más que esto:
—¡Huyen, huyen a la desbandada!
—Se van —dijo con alegría Solita, viéndose obligada a separarse de su amigo—. Mejor: así se acabará más pronto.
Inmediatamente oyéronse las voces de mando. Toda la gente armada se puso en movimiento para perseguir a los fugitivos. Ballesteros y Palarea bajaron por la calle de Segovia, Copóns por la Cuesta de San Vicente con la caballería de Almansa. Morillo, con los guardias leales y el regimiento del Infante don Carlos, marchó hacia Palacio, con objeto sin duda de seguir a los fugitivos por donde mismo habían salido. Todo cambió. Nuevas tropas invadieron la plaza de Oriente, y Solita vio con desconsuelo que su hermano desaparecía en el inmenso y alborotador mar de cabezas.
Después ocurrió un acontecimiento singular. Cuando Morillo pasaba por delante de Palacio, un hombre se asomó a un balcón, y señalando los grupos de guardias que allá abajo, entre la verdura del Parque, azorados corrían, gritó con voz clara que se oyó claramente desde la plaza:
—¡A ellos, a ellos!