Era Tigrekán.

XXII

En la noche de aquel día todo estaba en sosiego, y la plenitud del triunfo aseguraba a los milicianos y a la tropa largo y reparador descanso. La mayor parte, seguros de que los guardias dispersos no habían de volver, no pensaban ya más que en los preparativos para el Te Deum que debía cantarse al siguiente día en la Plaza Mayor.

Solita salió de su casa por tercera vez, al fin con fortuna, porque cerca de anochecido pudo encontrar ya libre de servicio a su protector y amigo, el cual la siguió con vivos deseos de servirla.

Entraron en la casa. Ni uno ni otro hablaban nada. Al llegar arriba, Monsalud dijo:

—¿Has mandado buscar un médico?

—Ha venido esta tarde y ha dado pocas esperanzas.

—¿Recetó algo?

—Que siguiera en la cama; que no le molestáramos con medicinas; que se le deje tranquilo. Eso quiere decir que la ciencia es inútil... Si al menos pudiera pasar en calma sus últimas horas... Pero acabadas las batallas vendrán a prenderle, porque esa gente de la policía no se olvida de su oficio. Serán tan malos que le llevarán en una camilla a la cárcel... Estando tú aquí, ¿no podrás impedirlo?

Salvador no respondió. Penetraron en la salita que precedía a la alcoba del enfermo, y apareció entonces doña Rosa, con aquella cara de Pascua y aquella bendita sonrisa que conservaba aun en los momentos de mayor apuro. Soledad entró a ver a su padre, acercándose al lecho muy despacito para no hacer ruido, y al poco rato salió.