—¿Ha venido alguien? —preguntó a la vieja.

—Sí, hija mía, hemos tenido visita: hace un momento acaba de salir.

—¿Quién?

—Una señora —dijo en voz baja doña Rosa, haciendo extraordinarios aspavientos con las flacas manos—. Una señora muy linda.

Salvador y Soledad prestaron gran atención.

—¿Y qué buscaba?

—Venía muy sofocada..., preguntó por el señor Naranjo. Cuando le dije que se había marchado, no lo quería creer. ¡Qué afán traía la señora!... Pues nada: empeñábase en que el señor Naranjo estaba escondido por miedo a los tiros... «Entre usted, señora, y registre la casa toda», le dije... Virgen Madre, ¡qué entrecejo ponía! Estaba furiosa la madama, y cuando se convenció de que había sido chasqueada, daba pataditas en el suelo...

—¿Y no dijo más? —preguntó Monsalud con muy vivo interés.

—Me preguntó que dónde tenía sus papeles el señor Naranjo... ¡Yo qué demonches sé!... Ya me iba amostazando la tal señora... También hablaba sola, y decía como los cómicos en el teatro: «¡Cobardes, traidores!»

—¿Era hermosa? —preguntó Sola.