—Como el sol.

—¿Y rubia? —preguntó Salvador.

—Rubia, con unos ojos de cielo, como los míos, ¡ay!, cuando tenían quince años.

—¿Y vino sola?

—Subió sola; pero me parece que abajo la esperaban dos hombres... ¡Ah!, ya me acuerdo de otra cosa. Me preguntó por don Víctor, si había venido don Víctor... ¡Yo qué diantres sé de don Víctor! Creo que es aquel clerigón gordo... Después de marearme bastante, registró todo lo que había en el cuarto del señor Naranjo; pero no debió de encontrar lo que buscaba, porque seguía dando pataditas y diciendo entre dientes: «¡Ese cobarde nos va a comprometer!»

—¿Y no entró aquí?

—También entró y vio al enfermo; pero no tenía trazas de interesarse por él —dijo doña Rosa—. Yo no pude contenerme al fin, porque mi genio es muy quisquilloso, y le dije: «Señora, hágame el favor de no ser tan entrometida y marcharse de aquí, que no nos hacen falta visitas.»

—¡Bien dicho! —afirmó Soledad—. Yo la hubiera puesto en la calle desde que llegó.

—¿No dijo su nombre? —preguntó Monsalud.

—¿Qué había de decir?