—¿Sospechas tú quién pueda ser? —preguntó Soledad a su hermano.
—No —repuso este secamente, mirando al suelo.
Doña Rosa, observando la familiaridad con que ambos jóvenes se trataban, no volvía de su asombro, pues no conocía pariente ni deudo alguno de los Gil de la Cuadra, ni jamás vio entrar en la casa al hombre en aquellos instantes allí presentes.
—Este caballero —dijo con sorna— será, médico o cirujano.
Ni Monsalud ni Sola le respondieron. Ambos tenían el pensamiento en otra parte, quizás en una misma parte los dos.
—¿Y qué se dice por ahí? —preguntó la vieja—. ¿Es cierto que los guardias han sido acuchillados en el camino de Alcorcón, y que no queda uno para un remedio?
Tampoco recibió contestación.
—Pues la de hoy ha sido estupenda —continuó, resuelta a sostener el diálogo consigo misma—. Parece que han muerto más de trescientos hombres. Algunos guardias, en su fuga, parece que de un salto se han puesto en Arganda... ¿Es cierto que les cogieron la bandera coronela? El señor nos tenga de su mano... ¿Pero este caballero no entra a ver al enfermo? Yo creo que si se le diera una sopa de vino..., porque esto no es más que debilidad, debilidad pura.
Monsalud miraba al suelo como si estuviera leyendo en él un escrito de suma importancia. Indiferente a todo, menos a un solo pensamiento, alzó por fin los ojos, y poniéndolos en el acartonado semblante de la anciana, habló así:
—¿Cuánto tiempo hace que salió?