—¿Quién?

—Esa señora.

—¡Ah! Ya no me acordaba de ella. Hará poco más de media hora que salió.

El joven se levantó maquinalmente.

—¿Te vas? —le preguntó Soledad fijando en él sus ojos llenos de lágrimas.

—No..., no me voy —repuso Salvador volviendo en sí—. Me he levantado no sé por qué..., pero ya ves, me vuelvo a sentar.

Así lo hizo. En el mismo momento dejose oír la voz de don Urbano, que gritaba:

—¡Anatolio, Anatolio!

Soledad corrió a la alcoba.

—Ha llegado, ha llegado ya —exclamó el anciano con voz a que daba fuerza y claridad el delirio—. ¡Ven acá, ven a mis brazos, querido hijo!