Solita procuró tranquilizarle, pero en vano. Gil de la Cuadra sacudía las ropas de su lecho, se incorporaba, extendía los descarnados brazos buscando una sombra.

—¿Por qué no traes luz? —dijo pasándose las manos por los ojos.

En el mismo instante doña Rosa entraba en la alcoba con la lámpara.

—¡Luz, más luz! —repitió el anciano—. No veo nada.

—¿No la ve usted?... Es que duerme. Mejor; a dormir, padre, que es muy tarde.

—Te digo que no veo nada —prosiguió Gil de la Cuadra, revolviendo los sanguinosos globos de sus ojos y palpando con las flacas manos en el aire—. ¡Ah!, sí, ya veo algo; pero sombras, unos negros bultos que van y vienen. ¿No está ahí Anatolio?

Soledad vaciló un momento en contestar. En el mismo momento, Salvador penetró en la habitación, situándose a los pies de la cama.

—Anatolio, querido Anatolio —gimió el viejo, llorando—, ya te veo..., eres tú. ¡Cuánto, cuánto has tardado, hijo de mi corazón!

Como si estas palabras agotaran en un segundo todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, cayó hacia atrás, extendiendo los brazos, cual masas inertes, sobre el lecho. Continuaba con los ojos abiertos, y entre dientes murmuraba algo que no pudo ser oído. Atentos todos a su agonía, apenas respiraban.

Gil de la Cuadra pronunció con voz entera estas palabras: