—¡Gracias a Dios que estáis casados! Hija mía, abraza a tu esposo.

Mirando a su hermana, hizo Salvador un gesto que quería decir: «Consintamos en un engaño que hará feliz su última hora.»

—Anatolio, hijo mío —añadió el enfermo con voz más débil—, abraza a tu esposa.

Soledad y Monsalud se abrazaron.

—Más fuerte, abrázala más fuerte, con la efusión de un verdadero cariño.

Ante tan extraña escena, sentía Salvador su corazón traspasado por el dolor. Avivose en él, tomando mayor fuerza, el gran cariño fraternal que a la infeliz muchacha profesaba, y la estrechó entre sus brazos, viendo en ella, más que una mujer, un débil y hermoso niño desvalido. Su pecho se humedecía con el raudal de las lágrimas de ella, y oprimiéndole dulcemente la cabeza, le dio cariñosos besos en la frente y en el pelo.

—Así, así, así —murmuró Gil oyendo el rumor de los besos.

Después se aletargó un instante.

Monsalud, sintiéndose menos fuerte que su emoción, salió de la alcoba sofocando un sollozo.

—Dejémosle reposar ahora —dijo en voz alta.