Aquellas palabras llegaron a los oídos del enfermo, que, sacudiéndose vivamente, abrió los ojos y alzó la cabeza.

—¿Qué voz es esa?... —preguntó con sobresalto y azoradamente—. Sola, Anatolio..., yo he oído una voz...

—No hay nadie... ¡Padre, por Dios! —gritó Soledad abrazándole.

Pero más furioso, Gil pugnaba por incorporarse gritando:

—¡Anatolio, mátale, mátale!

—¿A quién?... ¡Padre, por Dios, no se debe matar a nadie!

—He oído su voz... Está aquí.

Soledad sintió en su mente una inspiración divina. Arrodillada junto al lecho, tomó las manos del viejo, y estrechándolas con fuerza convulsiva, exclamó así:

—Padre, perdónale.

Don Urbano movió la cabeza a un lado y otro. Después dijo con voz ronca: