—No, no.

Pausa. El mismo enfermo, cuyo febril espíritu luchaba con la miserable carne que lo expelía sacudiéndose, fue quien rompió de nuevo el silencio. Su voz denotaba ahora serenidad y gozo al decir:

—¡He delirado, hija mía!... Sin duda tengo calentura. Pero, ¡qué cosa tan rara! Ahora no veo nada, absolutamente nada. Me figuraba oír una voz... ¿En dónde está Anatolio, mi querido hijo y tu esposo?

Salvador volvió a entrar. Gil de la Cuadra, por la dirección de sus ojos, demostraba no ver nada.

—Hija, hijo..., ¿dónde estáis? —continuó el anciano, mezclando con las palabras blandos quejidos—. Siento una cosa extraña en el corazón... No es dolor, no es punzada..., es una cosa que se va, que se desvanece... ¡Ay, adiós! Abrazadme los dos.

Soledad le abrazó por un lado del lecho, Salvador por el otro.

—¡Ah, qué feliz soy! —murmuró Gil—. Estáis unidos para siempre; sois marido y mujer. ¡Bendito sea Dios!... Muero contento..., sois dichosos. Abrazadme más fuerte, pero más fuerte... Bendito sea Dios.

Salvador sintió que el cuerpo que tenía entre sus brazos perdía su elasticidad y pesaba, pesaba cada vez más. Dilatáronse las extremidades, y la cabeza cayó hacia atrás, como si la guillotina la separase del tronco. Cesó la respiración, como un reloj que se para, y al semblante del anciano infeliz sustituyó una máscara tranquila, imponente, y a la expresión de dolor, una gravedad ceñuda, detrás de la cual, donde antes moraba el pensamiento, no había ya nada, absolutamente nada. Al observar esto trató de apartar de allí a su pobre hermana, que era ya huérfana.

XXIII

Serían las diez cuando sonaron golpes en la puerta de la casa, semejantes a los que turbaron su reposo una noche del mes de febrero de 1821. Monsalud, separándose de Soledad, a quien había colocado en las habitaciones de Naranjo, salió a abrir. En el marco de la puerta, a la luz de una linterna que ellos mismos traían, destacáronse varios hombres que terminaban por lo alto en morriones y bayonetas. Al frente de ellos venía don Patricio Sarmiento, desplegando en toda su longitud el escueto cuerpo, y radiante de orgullo.