—Muy lejos. Han muerto pocos, por más que digan para abultar la importancia de las refriegas de anteayer. Creo que puedes estar tranquila. He oído los nombres de casi todos los que han parecido, y nada se dice de tu futuro esposo.

—No lo es todavía —dijo Soledad dando un suspiro.

—Pero lo será. Al fin llegará tu hora de felicidad. ¡Por Dios, que la has ganado bien! Aunque deseo, hermana querida, que Anatolio venga y te recoja y se case contigo, me agradaría que estuvieras algunos días en mi casa con mi madre, que tanto te quiere.

—¿Y si mi primo no parece? ¿Y si ha muerto? —preguntó la huérfana mirando a su hermano.

—No pienses eso... Pero en caso de que pasara tal desgracia, vivirás con nosotros como si fueras de la familia. No te faltará nada; descuida. Apuesto a que tú misma llegarás a creer que has nacido en mi casa. Y no seas tonta: tampoco te faltará a su tiempo una buena posición. Tienes mucho mérito, y no es dudoso que encontraríamos un hombre honrado con quien casarte.

Soledad, al oír esto, no hizo más preguntas, y miró con ojos aparentemente distraídos a la gente que al paso tardo del coche se veía por ambas portezuelas.

Salvador había trasladado a su madre a una casa que el duque del Parque poseía en el Prado Viejo, y cuyas largas tapias ocupaban parte de la vasta manzana comprendida entre las calles del Gobernador y de Atocha. Era, más que palacio, un conjunto de edificios de distinta edad y construcción, unidos por dentro, y en los cuales la parte habitable era muy pequeña, si bien embellecida y alegrada por una frondosa huerta, algunos de cuyos pinos corpulentos viven todavía, y parece que saludan a sus honrados vecinos, los del Botánico. Allí condujo Monsalud a Solita.

—Al fin —dijo cuando entraban en el ancho patio— me encuentro en un sitio donde podré olvidar el ruido de los tiros de fusil y de cañón. ¡Qué silencio! ¡Qué hermosos pinos! Allí hay un establo. Aquí veo dos ovejas atadas, junto a la hierba... Vamos, ¿también palomas?... ¡Qué precioso es este emparrado! ¡Y cómo está de uvas!... Por allí hay otra puerta, y más arriba la noria. Pues no estará poco cansado ese pobre animal dando vueltas todo el día... Y no faltan melocotoneros; vaya, que tendrán mucha fruta... ¡Qué perro tan bonito!... ¿Sabes que desde aquí se ve mucho cielo, pero muchísimo?... ¿Y eso que está delante es el Jardín Botánico? Buena finca.

De esta manera expresaba el placentero alivio de su alma, transportada a mansión tan encantadora; pero el recuerdo del pobre viejo, y el considerar lo mucho que a este hubiera gustado vivir allí, la arrojaban de nuevo en las negras honduras de su aflicción. Doña Fermina salió a recibirla, y el día pasó tranquilo, aunque muy triste.

Salvador salió, deseando averiguar la suerte del perdido novio de su amiga; pero esto era cosa harto difícil. Los ocultos en Madrid no saldrían fácilmente de sus madrigueras, y los dispersos estaban demasiado lejos. Se supo, sí, que la caballería de Almansa y la Milicia habían cogido muchos prisioneros en los alrededores de Madrid; que Palarea, persiguiéndoles con ochenta caballos, había echado el guante a trescientos cincuenta y seis; que Copóns había hecho también buena presa y matado a algunos. En los días sucesivos se tuvo noticia de los detenidos en Húmera y en El Escorial, y de los que fueron a dar con sus fatigados cuerpos en Tarancón y Ocaña; pero ni entre los prisioneros ni entre los muertos se tuvo noticia de ningún Anatolio Gordón.