—Esta falta de noticias —dijo Monsalud a Soledad, algunos días después del 9— me hace creer que vive. Debe ser de los que están escondidos en los pueblos, o de los que han ido a unirse a las facciones del norte.

—¿En ese caso no podrá volver a Madrid? —preguntó la huérfana con viveza.

—Sí, podrá volver dentro de poco. Aquí se perdona pronto, y todo se olvida. No te apures.

Soledad no demostraba en verdad grande apuro porque su primo volviese; pero interesada por la vida del excelente joven, dijo así:

—El pobrecillo es tan bueno, que Dios no le habrá dejado morir. Por Dios, hermano, no te descuides en averiguar si vive, y si en caso de vivir necesita algún socorro.

Continuando sus diligencias, Salvador fue una mañana a la Casa-Panadería, donde su buen amigo don Primitivo Cordero había formado, con no menos trabajo que fruición, listas de los guardias prisioneros y heridos que se iban recogiendo.

—¿Don Anatolio Gordón? —dijo el patriota mirando al techo—. Ese nombre no me es desconocido. Me suena, me suena... Siéntese el amigo Monsalud, mientras hago memoria y registro estos apuntes... Pues no hay nada: sin duda confundo ese nombre con otros. ¿Era alférez?

—Alférez de guardias en el tercer batallón.

—Los del tercero están casi todos muy lejos de aquí. Veremos si mañana se sabe algo. ¿Qué le pareció, amiguito, nuestro famoso Te Deum en la Plaza? ¿Hase visto fiesta más solemne en lo que va de siglo?

—En verdad que estuvo magnífica..., pero si me hiciera usted el favor de preguntar a los dos ayudantes de Palarea que están arriba... Ellos quizás sepan...