—¿El paradero de su amigo de usted?

—De Gordón.

—¡Oh!, descuide; yo lo averiguaré. Esta tarde tengo que ir al Ayuntamiento; después al ministerio de la Guerra. Quizás allí lo sepan.

—En el ministerio de la Guerra no saben nada. La Milicia, que es quien ha hecho las visitas domiciliarias, lo sabrá seguramente.

—Ahora me informaré... Pues mire usted, amigo Monsalud, pensamos celebrar otra fiesta mucho más solemne, mucho más grande, mucho más imponente que el Te Deum de la Plaza Mayor. Se hablará de esa fiesta mientras haya lenguas en el mundo.

—¡Oh! Sin duda será soberbia esa solemnidad. Pero...

—Figúrese usted... —añadió asiendo las solapas de la levita de su amigo— que se trata de un banquete.

—¡Ah!, ya..., eso podrá ser magnífico, señor Cordero, pero no es nuevo.

—Un banquete en celebración del triunfo del pueblo sensato sobre el absolutismo. Habrá nueve mil cubiertos para otras tantas bocas. ¿Qué tal?

—Es un mediano número de bocas, mayormente si todas tienen buen apetito.