—Me han nombrado de la Comisión —dijo Cordero echando hacia atrás el morrión en la redonda cabeza—, y he propuesto, después de estudiar detenidamente el asunto: 1.º, que el banquete no sea comida, sino almuerzo; 2.º, que se celebre en el espacioso Salón del Prado; 3.º, que se pongan dos mil ciento diez varas de mesa, porque, según mis cálculos, es imposible que los nueve mil cubiertos quepan en espacio menor. ¿No lo cree usted así?
—Si usted ha hecho los cálculos, ¿a qué he de quebrarme yo la cabeza?
—Dos mil ciento y diez varas de mesa, que se construirían en trozos formando setecientas cincuenta mesas de a doce cubiertos; 4.º, que el almuerzo sea frugal, porque no nos reunimos para sacar el vientre de mal año, sino para fraternizar y hacer memoria de nuestro gran triunfo; 5.º, que cada convidado pagará treinta reales adelantados, cuyo recibo servirá de papeleta para...
—Si usted tuviera la bondad de informarse... —dijo Salvador con impaciencia, interrumpiéndole—. ¡Es para mí tan urgente averiguar algo de ese joven!...
—¡Cosa sencillísima!... ¡Ah!, si pudiera yo entrar en la Jefatura Política, como en tiempo de San Martín... Ya sabe usted que ha huido el pobre señor Tintín, porque los exaltados parece que trataban de asesinarle. Esta peste de patriotas matones perderán la libertad en España. ¿No cree usted lo mismo?... Pero si en la Jefatura Política no puedo hacer nada... Veremos los partes de las visitas domiciliarias.
—Es lo mejor.
—A ver —gritó don Primitivo llamando a un ordenanza—. ¿Está el señor Calleja?
—¿Es el barbero de la Carrera de San Jerónimo? —preguntó Salvador.
—El mismo..., pero ahora recuerdo... ¡Qué cabeza la mía! Ya se ve: con tantas cosas en que pensar...
—¿Qué?