—Calleja ya no viene por aquí. El nuevo ministerio le ha dado un puesto en Gobernación. ¿Le parece a usted bien cómo empieza el ministerio exaltado? ¡Ah! señor San Miguel, señor San Miguel, usted acabará de perder el sistema.
—Es una lástima que el señor Calleja... ¿Conque está en Gobernación? Ahora sabremos quién es Calleja. Aquí no faltará quien me dé noticias.
—¿Por qué no sube usted? Se me figura que aún estará arriba mi tío.
—¿El señor don Benigno? ¡Qué hallazgo! —dijo Monsalud con alegría corriendo a la escalera.
Sumamente disgustado de su conferencia con Cordero menor, buscaba a toda prisa quien con más diligencia y buena voluntad le diese los informes apetecidos. Halló efectivamente en el piso alto a don Benigno Cordero, medianamente lleno de vendas y parches a causa de sus gloriosísimas heridas; pero siempre afable y sonriente, como hombre a quien no perturban achaques ni deterioros del miserable cuerpo. Despachaba con otros jefes de la Milicia asuntos propios de la Institución, y entre párrafo y párrafo sobre los asuntos del día, trazaba con segura y gallarda letra algunos renglones en papel de oficio.
—Bien venido, amigo mío —dijo dando la mano al visitante.
Salvador le preguntó con mucho interés por su salud, por el estado de sus heridas y verdadera importancia de cada una de ellas.
—Esto no es nada, caballero Monsalud —dijo don Benigno poniéndose las gafas a la altura que les correspondía—. No merece la pena de preguntar por ello. ¿Y usted? Ya, ya sé lo que le trae aquí. Ayer me lo dijeron: busca usted a un alférez de guardias que se ha evaporado.
—Efectivamente —repuso el joven, gozoso de ver que el señor comandante se adelantaba a sus investigaciones—, creo que si aquí no me dan noticias...
—Descuide usted..., pero da la maldita casualidad de que el gobierno ha pedido ayer todos los datos. Sin embargo, se conservan algunos apuntes de las visitas domiciliarias.