—Es claro, si tuvieran templanza... Pero no se olvide usted, mi querido don Benigno, de averiguar...
—¡Ah! ¿Ese joven alférez? Es muy fácil... Ya sabe usted que Su Majestad ha desterrado a toda la cuadrilla de palaciegos que le tenían engañado y seducido.
—Así parece; mas...
—El marqués de Castelar ha sido desterrado a Cartagena, el de Casa-Sarriá a Valencia, y los duques de Montemar y Castro Terreño no sé a dónde... Esos tienen la culpa de todo, esos, esos... cuatro o cinco aristócratas inflados, que beberían la sangre del pueblo si les dejaran. Metan en un puño a media docena de hombres pérfidos, y verán cómo se arregla todo y echa raíces el sistema por los siglos de los siglos.
—Seguramente... Si usted me lo permite...
—Porque Su Majestad —prosiguió Cordero, encariñado con su idea como un niño con un juguete— no es malo. Yo creo que dijo con buena fe aquello de marchemos, y yo el primero, pero ya se ve..., ¡hay tanto pillo, tanto servilón empedernido! Yo no sé por qué esos hombres no han de amar la libertad, una cosa tan clara, tan patente, tan obvia. ¡Ah! Si todos fueran razonables templados, tolerantes, esto sería una balsa de aceite: ¿no es verdad?
—Lo sería, sí señor. ¡Qué lástima que no lo sea! Me retiro, señor don Benigno: tengo mucho que hacer...
—¿Sin llevar las noticias que desea? Aguarde usted, por Dios —dijo don Benigno deteniéndole—. Es cuestión de un momento. ¿Ese joven era alférez? ¿Fue de los que huyeron o de los que se escondieron en las embajadas y en las casas?
—Eso es lo que trato de averiguar.
—Muy bien. ¿Sabe usted si se batió bien? ¡Qué lástima de muchachos! Perderse por una causa tan mala. Dicen que Su Majestad les incitaba a degollarnos. Yo no lo creo. No hay quien me quite de la cabeza que Fernando no es malo, no señor; que desea nuestro bien, que no es enemigo del sistema... Pero ya se ve: con la multitud de pillos que le rodean... Sé que ha lamentado los sucesos del día 7. Usted tendrá noticia de su famosa entrevista con el general Riego.