—¿De mi entrevista con el general Riego? —dijo Monsalud, abrumado por la pesadez del señor comandante.

—Hombre, no; de la entrevista de Su Majestad con el general don Rafael del Riego.

—Algo he oído, sí; pero..., si usted me hiciera el favor...

—Pues el mismo general me lo ha contado anoche. Es verdaderamente patético el caso. El rey le llamó, y delante de todo el Cuerpo diplomático le dio un abrazo apretadísimo, diciéndole que le apreciaba mucho.

—Por muchos años.

—Si llego a estar presente, de fijo se me saltan las lágrimas —añadió Cordero—. He aquí una reconciliación en que yo vengo pensando hace tiempo, sí señor; y si fuera sincera y durara mucho, ¿quién duda que los pérfidos serían aniquilados y confundidos? Su Majestad mismo se lo manifestó así al general: En mi corazón, le dijo, no tendrán ya entrada los consejos de hombres pérfidos. Si es mi tema. Los pérfidos, los pérfidos tienen la culpa de todo. Tres o cuatro pillos ambiciosos...

—¡Todo sea por Dios!...

—Le digo a usted que Riego salió de Palacio entusiasmado, pero muy entusiasmado. Había que oírle. Su Majestad se le quejó de los insultos, del trágala... Es natural. Siempre me ha parecido una vileza mortificar al soberano con groserías. Riego piensa lo mismo. Ya sabe usted que ayer, cuando formamos en la Plaza, el general nos arengó, después de haber regalado aquí mismo una medalla al excelentísimo Ayuntamiento. Pues nos dijo muy bellas cosas, ¡vaya!... Nos dijo que deseaba no se cantase más el trágala, y que habiendo empeñado su palabra en nombre de todos, rogaba al pueblo que no la quebrantase por su parte. Ese, ese es el camino. También suplicó que no se le vitorease más, porque su nombre se había convertido en grito de alarma.

—Buenas tardes —dijo Monsalud levantándose, resuelto a evitar con una retirada brusca el bombardeo de palabras del digno comandante de la Milicia.

—¡Tan pronto!... Pero me parece que usted venía a saber algo... No recuerdo ya.