Salvador no pudo contener la risa y repitió las preguntas.
—Gordón, Gordón... —dijo don Benigno acariciándose la boca—. ¡Ah!... ¿Por qué no me lo dijo usted antes?... Ya sé, ya sé dónde está ese joven. Dispense usted, amigo. Tiene uno la cabeza a pájaros.
—¿Vive? ¿En dónde está?
—Si no me engaño, anoche he oído hablar de ese joven a don Patricio Sarmiento.
—Malo, malo.
—No, no se apure usted. Tengo entendido que fue Pujitos quien le encontró en cierta casa... Creo que en la calle de las Veneras. Parece que estaba herido.
—Gracias a Dios. Algo es algo. Corramos allá.
Sin esperar a más, y temiendo que un solo minuto de detención diera alientos a don Benigno para engolfarse en nuevo piélago de comentarios y observaciones políticas, apretole la mano que tenía libre de vendajes y salió a toda prisa, decidido a poner entre su persona y los Corderos toda la distancia posible, siempre que tuviese que hacer averiguaciones en el vasto campo de la Milicia.
XXV
Cuando Salvador se presentó en su casa, después de las pesquisas que hemos descrito y de otras que siguieron a aquellas, iba triste. Sin duda llevaba malas noticias.