—Sí —prosiguió él—. Una intriga contra mí para detenerme, para atarme, porque si no, es posible que haga un gran desatino.
—Pues qué, ¿vas a volar? —preguntó Sola cubriendo con una frase festiva la emoción que llenaba su alma.
—¡A volar! Sí, has dicho la palabra propia. Hace días que trato de cortarme yo mismo las alas. ¡Qué tormento, Solita! Tú por fortuna no conoces esto... Anoche, durante las largas horas sin sueño, he estado pensando que mi madre y tú podríais salvarme.
—¿Cómo?
—Encerrándome. Atándome de pies y manos como a los locos.
—Yo no entiendo esas cosas tan sutiles si no me las explicas bien —dijo Sola, cuya palidez crecía por momentos.
—Es verdad. Tú eres demasiado buena para comprender esto. Tú no tienes más guía que tu deber. Tu voluntad no se aparta nunca de la ley moral; tú eres un ángel. ¿Qué dirías si me vieras arrastrado a cometer los mayores dislates, conociéndolos y sin poder evitarlos?
—Que eras un hombre débil y menguado. Pero por fortuna no es así.
—Por desgracia es así. Has acertado: me has calificado perfectamente.
—¿Y qué desatino vas a cometer? ¿Es un crimen?