—También puede serlo. ¡Qué desgraciado soy! Me he metido en un torbellino espantoso, y no puedo salir de él. Si el hombre tuviera fuerzas para vencer la atracción poderosa que le arrastra de aquí para allí y le hace dar mil y mil vueltas, no sería hombre: sería Dios. Lo que no puede un astro, que es tan grande, ¿lo ha de poder un miserable hombre?

—¿Pues no ha de poder? Un astro es un pedrusco, y un hombre es un alma —dijo Sola con inspiración.

—Precisamente el alma es la que se pierde, porque es la que se fascina, la que se engaña, la que sueña mil bellezas y superiores goces, la que aspira con sed insaciable a lo que no posee, y a volver posible la imposibilidad, y a querer estar donde no está, y a marchar siempre de esfera en esfera buscando horizontes.

—Pues adelante, sigue. ¿Quién te estorba?

—Nadie... Pero yo quisiera que alguien me estorbase; quisiera hallarme en ese estado de esclavitud en que muchos viven; tener una cadena al pie como los presidiarios. Puede ser que entonces viviera tranquilo y me curase de este mal de movimiento que ahora me consume. ¿No crees lo mismo?

—Entonces serías más desgraciado —dijo Solita mirando al suelo—, porque la esclavitud no es buena sino cuando es voluntaria.

—Es que yo quisiera que la mía fuese voluntaria. ¡Qué mal me explico! Ello es, amada hermana, que yo quiero y no quiero, deseo y temo, anhelo ir y anhelo quedarme... Es preciso que alguien me ayude. Un hombre abandonado a sí mismo y sin lazo alguno, es el mayor de los desdichados. Ni mi madre ni tú tenéis iniciativa contra mí: ella me deja hacer mi voluntad sin una queja, sin una protesta, y esto no es bueno. Yo quisiera que tú no la imitaras en esto, ¿entiendes? Te autorizo para que te ocupes de mí, para que seas impertinente y me preguntes y me reprendas y averigües, y seas como un dómine.

—¡Qué cosas tienes! —exclamó Sola riendo, a punto que una súbita y dulce llamarada, saliendo de lo íntimo de su ser, se extendía por cuanto abarcaba la conciencia de ella misma, estremeciéndola toda, humedeciendo sus ojos y entorpeciendo su lengua—. Yo no sirvo para dómine tuyo, ni yo me puedo entrometer en lo que no me importa.

—Hazte la mosquita muerta —indicó Monsalud sonriendo y en voz baja—. Pues no dejas de ser preguntona.

—Es verdad —dijo Sola con viveza—. Pregunto lo que me interesa, lo que interesaba a mi pobre padre.