—Si él no me perdonó, tú has sido más humana, y me has perdonado mi falta sin conocerla.

—Y después que la conozco te la perdono también —dijo Sola a medias palabras a causa de su mucha emoción.

—¡Que tú la conoces! —exclamó Salvador palideciendo.

—Sí. Al fin todo se sabe. Por lo visto, la falta de buenos ángeles tutelares que sujeten y corten las alas no es solo de ahora.

Monsalud se levantó bruscamente, y con las manos a la espalda, el ceño fruncido, dio algunos paseos por la huerta, sin alejarse mucho, recorriendo una órbita bastante reducida alrededor de su hermana adoptiva. Esta no se movió ni le miró.

Un instante después, el joven se detuvo ante ella, y con familiaridad muy natural le dijo:

—Estoy pensando que si tu primo no quiere parecer, que no parezca. Yo no pienso dar un solo paso más por encontrarle.

—Él se cuida poco de mí —dijo Sola—, cuando no me avisa lo que le pasa: ¿no es verdad?

—Seguramente. Ese joven se porta muy mal; pero muy mal.

XXVI