Sola rompió a llorar.
—Vamos, no te apures, mujer... Eso ya no tiene remedio. Si Dios quiso llevárselo, ¿qué vamos a hacer nosotros? No te aflijas, mujer. Es preciso tener paciencia.
—Mi pobre padre te adoraba —dijo Soledad—. Si le hubieras escrito mientras estuviste en El Pardo, tu carta le habría dado gran consuelo.
—Yo le mandé varios recados con algunos amigos; pero sin duda no se los dieron. El día 7, cuando nos batimos y fuimos derrotados, me escondí en una casa. Curáronme, y el 9 por la noche pude salir y fui a donde tú vivías. Dijéronme lo que había ocurrido. Pues no me ha costado poco trabajo averiguar donde estás... Pero dime, ¿por qué no sigues en tu casa? ¿Qué casa es esta?
De pronto, Soledad no supo qué contestar.
—Esta casa es de un amigo —dijo al fin.
—Por cierto que no oí hablar a tu señor padre de ningún amigo que tuviese estas casas. Dime: el amigo que te ha traído aquí, ¿era también amigo de tu padre?
—No —repuso Soledad lacónicamente, resistiéndose a la mentira con todas las fuerzas de su alma.
—¿No era amigo de tu padre? —preguntó Anatolio con seriedad que sentaba mal a su agraciado rostro—. ¿Pues de quién lo era?... Querida prima, yo tengo que hablarte con franqueza. Yo he venido aquí informado de todo.
—¿De qué, primo?