—Tú dirás que soy un poco brusco porque no sé decir las cosas con maña y rodeos bonitos; pero Dios me ha hecho así, y no lo puedo remediar. Soledad, yo no me determino a casarme contigo.
—Anatolio, como tú quieras —repuso la joven, considerando que no podía responder otra cosa.
—Yo he tenido fe en ti; yo te he creído una buena muchacha. Es posible que lo seas; pero ya dudo, y contra la duda ya sabes que no hay fuerzas que puedan luchar.
—Eso es verdad; pero, ¿por qué dudas de mí?
—Porque me han dicho... ¡Jesús lo que me han dicho! Antes te informaré de que fui a parar a cierta casa donde vive un hombre honrado, maestro de obra prima, a quien llaman Pujitos, el cual, si se ha batido fieramente en las calles contra nosotros, no por eso carece de sentimientos caritativos, y no solo me ocultó en su casa, sino que me ha cuidado como si fuera un hermano... Pues bien: grande amigo de ese señor Pujitos es un tal Lucas Sarmiento, con quien yo anduve a palos cierta noche. Después nos hemos reconciliado, porque el odiar al prójimo a nada conduce. He aquí que Sarmiento me refiere cosas muy raras de ti. Dice que a escondidas de tu padre tenías amistades con un guapo mozo llamado Monsalud, el cual ha sido tu protector y amparo durante la gran miseria que habéis padecido. Me dijeron que después de muerto tu padre, te trajo a esta casa, que es la suya. Yo lo dudaba, lo dudo todavía, querida prima. Dime tú si es cierto.
—Ya lo ves —repuso Soledad serenamente—: esta es su casa.
—¿Y es cierto también que a escondidas de tu padre, y sin que él sospechase nada, veías a ese hombre y recibías de él los auxilios que necesitabas?
—Cierto es, primo. ¿Cómo he de negarte lo que no tiene nada de malo?
—¡Nada de malo! —exclamó Gordón abriendo con espanto los ojos—. Señora doña Solita, ¿por quién me toma usted? ¿Se burla usted de mí?
—No, querido primo, no me burlo. Es que si tú no puedes comprender lo que te he dicho, peor para ti.