—¡Un hombre, un buen mozo, un amiguito que protege a una muchacha a hurtadillas del padre de esta...! Ya se ve: ¡cómo había de consentir mi tío semejante infamia!

—¡Primo, mira cómo hablas! No tienes derecho a calificar lo que no conoces —dijo Sola con entereza.

—Sea lo que quiera, prima, yo veo eso muy turbio, pero muy turbio. Por consiguiente...

—Tú podrás verlo turbio, muy turbio, o como quieras; pero no formes juicios temerarios.

—Por consiguiente, repito, yo desde este momento retiro mi promesa.

—Eres muy dueño de hacerlo así.

—Ya ves que procedo con franqueza, que me porto decentemente contigo, viniendo aquí, hablándote, diciéndotelo con la mayor claridad.

—Era natural que lo hicieras así.

—Sin embargo, si tú me probaras de una manera evidente que no ha habido mancha en tu conducta...

—¿Y cómo he de probar eso? Mi única prueba es decirte: soy inocente. Si esta no te basta...