—No, no me basta; ¿qué quieres? Somos hombres, y como hombres dudamos, Sola. Para yo sostener mi promesa, es preciso que de un modo irrecusable, positivo, me convenza de tu inocencia.
—Es que yo —dijo Soledad con firmeza—, aunque te convenzas de mi inocencia, no quiero ya casarme contigo...
—¡No! —exclamó Anatolio abriendo toda su boca—. Luego tú tramabas alguna traicioncilla contra mí, en vida de tu padre... ¿Pues no te conformaste...?
—Anatolio, yo te estimaba y te estimo mucho. No me pidas más explicaciones.
—Veo que estoy haciendo un papel desairadísimo —dijo el primo levantándose.
—Nada de eso... De cualquier manera que sea, espero que no me guardes rencor.
—Yo no soy rencoroso. Si algún día me necesitas... Puede que me necesites... Pienso dejar el servicio y marcharme a Asturias. No más armas. Digo que si me necesitas..., estaré siempre a tu disposición.
—Adiós, primo.
—Que lo pases bien.
Anatolio, en su tosca naturaleza, no podía disimular que se hallaba vivamente contrariado, y que sus sentimientos acababan de sufrir un golpe bastante rudo, conmoviéndose en lo que era capaz de conmoverse aquel humano castillo, que si no era de piedra, poco le faltaba.