Saludó con dignidad a su prima.

—Adiós, Anatolio —le dijo esta—. Sabes que te quiero bien.

Gordón repitió sus reverencias; pero no pudo añadir una palabra más. Hasta que le vio atravesar la huerta para salir, Solita no consideró cuán grande era la semejanza de su primo en aquel día con un joven sacerdote vestido de seglar.

XXVII

Salvador entró al anochecer. Soledad, incurriendo en un error común a todos los que sufren vivas pasiones de ánimo, creyó hallar en su hermano una situación de espíritu semejante a la suya; pero su desengaño fue tan grande como triste cuando le vio taciturno y severo, esquivando la conversación, y nada semejante al hombre franco y alegre de aquella misma mañana.

Después de cenar, la huérfana y él se encontraron solos. Hablaron breve rato de cosas indiferentes, y como ella al fin se aventurara a indicar de un modo delicado la extrañeza que le producía ver tan intranquilo al que algunas horas antes parecía sereno y feliz, Monsalud le dijo secamente:

—Mañana hablaremos de eso, Sola. Esta noche no puedo. Estoy en poder del demonio.

Y se retiró. La huérfana permaneció cavilosa largo rato. Después sintió voces lejanas, y pasando de una habitación a otra, oyó hablar a la madre y al hijo; mas no pudo entender lo que decían, ni quiso intervenir indiscretamente en aquello que no parecía disputa ni altercado, sino más bien exhortación de la madre al hijo.

Retirose a su cuarto, y toda la noche estuvo sin dormir, dando vueltas en la imaginación a millares de ideas, de cálculos, de figuras, de discursos, que giraban con rápido torbellino alrededor de un hombre. Pudo tener por la mañana algunos instantes de descanso, y cuando se levantó, ya Salvador había salido. La explicación de lo ocurrido la noche anterior, diósela doña Fermina entre lágrimas y con los términos siguientes:

—No le puedo detener... ¡Se nos va!