—¡Se va! —exclamó Sola abrumada de pena.

—¿Quién es capaz de detenerle? ¡Pobre hijo mío! Es un caballo desbocado, un caballo salvaje.

—¿Y a dónde va?

—¿Pues crees tú que yo lo sé? Dice que volverá pronto.

—¿Va solo?

—Se me figura que no... Nada: es locura querer quitarle de la cabeza esta escapatoria, tan parecida a las de don Quijote. Sin embargo..., conviene que tú le digas algo. Puede que de ti haga más caso que de mí... Entre tanto, ayúdame a arreglarle la ropa que ha de llevar.

—¿Todo esto?

—Sí..., todo esto, hija mía; lo cual me prueba que no le tendremos de vuelta la semana que entra.

El montón de ropa era imponente. Soledad se aterró al verle, y pensó en la apartada América; mas no era posible que se tratase de un viaje tan largo.

«¡Oh! Si así fuera —pensó la infeliz—, entonces sí que no tendría perdón.»