Más tarde regresó el joven a la casa, salió luego, volvió a entrar, recibió diferentes cartas y recados, de los cuales ninguna de las dos mujeres, con ser ambas medianamente curiosas, pudo enterarse. Pareció por último más tranquilo, y cuando se hallaba en su cuarto disponiendo algunos objetos que había mandado traer de la calle de Coloreros, entró Soledad casualmente.

—Hermana —le dijo—, ya sé por mi madre que ayer tarde estuvo aquí el guardia perdido. ¿Qué tal? ¿Estás contenta?

—Como antes —respondió Sola afectando indiferencia.

—¿Qué te ha dicho?

—Que retiraba su promesa, que no hay nada de lo dicho; en una palabra, que no quiere hacerme el honor de casarse conmigo...

—¿Y lo dices así, tan tranquila? —manifestó Salvador con asombro—. Pero, mujer, ¿tú has considerado bien...?

—Y ¿qué quieres, que llore por él?

—Naturalmente. Pero ¿qué razón da ese bergante?

—Una que no deja de tener fuerza, para él, se entiende. ¿No ves que he tenido amigos que me han protegido durante mi pobreza?... ¿No ves que a escondidas de mi padre he visitado sola a jóvenes de mundo?

—¡Ah! —gritó Monsalud con viveza y enojo—. ¿Salimos con eso? Pues no faltaba más. Veo que te han calumniado.