Solita salió. Como volviese a entrar al poco rato en busca de una nueva pieza de ropa, Salvador prosiguió:

—Esto no puede quedar así. ¿Has dicho que ese menguado duda de ti? Pues no lo consentiré, no lo consentiré.

—Sí, porque acaso eres tú omnipotente.

—Omnipotente, no... ¿De qué te ríes? Vaya, que estás de buen humor, cuando te acaba de pasar la gran desgracia de perder al que podías considerar como tu esposo.

—Estoy hecha a las desgracias.

—Pues yo..., yo convenceré a tu primo —dijo Monsalud con furor—, yo le pediré cuenta de este desaire que te ha hecho, sin motivo, sin fundamento. ¿Pues qué, no hay más que decir: «Rompo mi compromiso porque se me antoja»?

—Me parece que tú sigues en poder del demonio, como anoche —dijo Soledad en tono ligeramente festivo.

—Puede ser, puede ser —repuso él, aplacándose de improviso y cayendo en honda tristeza.

No hablaron más de aquel asunto, y él de ningún otro en lo restante del día, si se exceptúan estas palabras, que sonaron en los oídos de la huérfana como campanas de funeral:

—Que esté todo preparado para las diez de la noche.