El sol se puso, vino la noche, y las tres personas que van a cerrar esta historia se hallaban reunidas en el comedor de la casa.
—¿No tomas nada? —preguntó doña Fermina a su hijo.
—Nada —repuso este brevemente.
Paseaba de largo a largo, con lentitud, echada la cabeza hacia adelante y las manos cruzadas atrás. Parecía contar minuciosamente los ladrillos del piso. Callaban las dos mujeres; pero con sus alternados suspiros decían más que con cien lenguas.
Un reloj dio las nueve. Salvador se detuvo, y mirando a su madre, pronunció estas palabras:
—No, no puede ser.
—¿Qué? —preguntó la madre
—Que me vaya.
—Si lo hicieras como lo dices...
—Si no fuera porque es preciso cumplir... —murmuró, y al instante volvió al febril paseo.