—¿Has dado una palabra, una promesa de muchacho casquivano? ¿Eso qué significa?

—No puede ser, no —repetía.

—¿Qué? —preguntó la madre con ansia.

—Quedarme.

—Ahora es lo contrario. ¡Si piensas una cosa, y al cabo de un instante otra!... ¿Cómo nos entendemos? Pareces un lunático. Y a nosotras nos pegarás tu demencia, y tendremos la cabeza tan destornillada como tú.

—¡Desgraciado de mí! —exclamó el joven.

—¡Desgraciadas de nosotras! —dijo doña Fermina.

—¿Está mi baúl abajo?

—Está todo como lo has dispuesto.

En la huerta, y junto a la verja que daba paso a la calle, había una habitación pequeña, al modo de portería. El viajero mandó poner en ella su equipaje para que estuviese a mano cuando llegara el mozo que había de llevarlo al parador de donde partiría.