—Es una locura —balbució Monsalud.

Y colocándose entre las dos mujeres, las miró alternativamente con profundo cariño.

—¿Te vas ya? —indicó la madre con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Te vas por fin?

—Abrazadme las dos —dijo Salvador, extendiendo sus dos brazos con emoción que no podía disimular.

Las dos le abrazaron llorando.

—¿Te vas ya?

—No, me quedo. Abrazadme bien y no me dejéis salir. Amarradme si es preciso.

—¿Qué estás diciendo?

—Que no quiero marcharme; mejor dicho, que quiero y no quiero. Echadme cadenas. Madre, Sola, cerrad las puertas, tratadme como a un miserable loco. No merezco otra cosa.

—Pues se te atará —dijo la madre hecha un mar de lágrimas—. Hijo de mi corazón, ¿por qué eres tan loco? ¿Qué te ha dado? ¿Qué demonches de diabluras se te han metido en la cabeza?