—Vaya usted a saberlo... ¿Por qué soy loco? Porque sí. Querida Sola, manda cerrar todas las puertas; que no entre nadie, absolutamente nadie; que no llegue a mis oídos ninguna voz, que no reciba ningún recado. Si viene alguien, digan que me he muerto.
—Eso es, Solita: si viene alguien di que se ha muerto.
—¡Si pudiera morir fuera y vivir solo en mi casa!... —murmuró el joven dejándose caer en una silla—. ¡Qué fatigado estoy! No he viajado aún, y me parece que estoy de vuelta.
—Has corrido con la imaginación.
—¿Pero es cierto, hijo mío, es cierto que te quedas? Dime la verdad.
—Me quedo, sí. Debo quedarme. ¿No es verdad, Sola?
La huérfana le miró sin pronunciar palabra.
—Tienes razón: es una locura.
—Si yo no he dicho nada...
—Sí: has dicho que me quede.