—¿Yo?

—Sí, tú: me lo has dicho con los ojos, que suelen hablar más claro que la lengua.

Soledad bajó los ojos. Durante un momento leía en el rostro de ella como en un libro.

—Vaya, hijo, no hables más del asunto, y a dormir —dijo doña Fermina con evidentes señales de sueño.

Pasó largo rato. Doña Fermina, que no acostumbraba velar más allá de las nueve, tranquilizada por la resolución de su hijo, se durmió como un ángel.

Despertola Soledad para llevarla a su cama, porque la pobre señora parecía que se rompía el cuello con la inclinación de la soñolienta cabeza.

—¿En dónde está, en dónde está? —murmuró extendiendo las manos.

—Aquí, madre, aquí —dijo Salvador levantándola del sillón y sosteniéndola en sus brazos.

Retirose a su alcoba la anciana, y poco después dormía profundamente.

XXVIII