Soledad volvió al comedor.

—¿Qué tienes que decir de mí? —le preguntó su hermano adoptivo.

—Contestaré mañana. Hasta ahora no puedo formar juicio —dijo Soledad sonriendo con tristeza.

—¡Dichoso el pájaro prisionero en la jaula! —afirmó Monsalud con vehemencia—. Ese sabe que no puede salir, y está libre de un gran tormento: la elección del camino.

—Ya he mandado cerrar todas las puertas —insinuó Soledad—. ¿Estás bien así, encerradito?

—Querida hermana —dijo Salvador con afán—, si me pudieras dar tu tranquilidad, tu serenidad, la paz de tu espíritu, ¡cuán feliz sería yo!

—¿La paz de mi espíritu? Pues tómala.

—¿Cómo?

—Si yo quiero dártela y no la quieres.

—No digas que no la quiero.