—Pues es claro. Enamorado estás. Si no es de una mujer, será de todas a la vez, o de alguna que por sus muchas perfecciones no pueda existir, ni existe..., pero siempre hay alguna de carne y hueso, ¿no es verdad? Yo así lo creo, y tu madre lo cree también, pues dice que ahora estás más distraído que nunca; que te hablan y no contestas; que no ves lo que tienes delante; que no reparas en nada; que no duermes; que comes poco; que hablas solo; en fin, que tienes dos vidas (eso lo digo yo): esta que todos vemos, y otra que ignoramos; esta que es clara, natural y sencilla, y otra que anda por esas nubes..., yo no sé explicarme..., otra que vive en amores muy sutiles y..., ¿cómo decirlo?..., en amores terribles..., parece que vas entendiendo.

Salvador reía.

—Vaya, puesto que te empeñas en ello, hermanita, voy a tener confianza contigo y a contarte...

—¿Sí? Pues ahora mismo: empieza.

—No, ahora no.

—Sí, ahora. Sabe Dios cuándo volveré.

—Volverás otro día. Además, chiquilla, es preciso no olvidar el discurso del señor duque.

—¡Maldito discurso!...

—Ya hemos charlado bastante. Ahora te vas a tu casa, acompañas a tu papá, le cuentas cualquier amena historia que le distraiga, despachas tus quehaceres, das un paseíto con el viejo, vuelves a tu casa, coses un poco, y después te acuestas para dormir santamente como un ángel.

—¡Sí..., dormir!... Bueno, me marcharé —dijo Sola dirigiendo una mirada triste a los cuadros que ornaban las paredes—. Adiós.