—Y al dormir soñarás con tu primo Anatolio Gordón, el cual del puesto de primo va a pasar al puesto de marido, y que si no ha llegado, ni escribe, ni parece, ya llegará, y escribirá, y parecerá, porque Dios no abandona a los suyos.
Soledad exhaló un suspiro y se dispuso a salir. Oyose en el mismo instante una campanilla.
—El señor duque me llama —dijo Salvador—. Adiós, hermana. Haz todo lo que te digo, obedéceme, y verás qué bien te va. Cuidado cómo te olvidas del vestido... Vuelve dentro de ocho días..., o antes, siempre que se te ofrezca algo urgente. También puedes escribirme.
—Todo, todo lo que mandes haré.
—Vaya, vaya —dijo Monsalud con impaciencia—, basta de despedidas, adiós.
—Adiós. ¿Has dicho que dentro de ocho días? Bueno. Y del vestido, ¿qué has dicho?
Sola se detuvo junto a la puerta.
—Que sea muy bonito... Vete ya..., el duque me llama. ¡Cómo pierdo el tiempo! Adiós, adiós.
III
El duque del Parque fue uno de los generales españoles que más descollaron en la guerra de la Independencia. Después de Álvarez, el más heroico; de Alburquerque, el más inteligente; de Castaños, el más afortunado, y de Blake, el más militar aunque el más desgraciado, es preciso colocar al duque del Parque, que, mandando el ejército de Galicia, ganó en 18 de octubre de 1809 la batalla de Tamames. En ella fue derrotado el general Marchand y sus doce mil franceses, con pérdida de dos mil hombres, un cañón y una bandera. No fue igualmente afortunado Su Excelencia en la política, a la cual se dedicó con el afán propio de los ineptos para tan escabroso arte.